martes, 22 de septiembre de 2009

La seducción de la melancolía.


La melancolía es una damisela perversa, una vampiresa que atrapa con sus caprichos, que extrae cántaros de sangre con sigilo, mientras el melancólico sin percatarse, comienza a delirar. La cruel dama impregna sutiles perfumes que atraen con delicadeza. Con su canto de sirena sopla suavemente  sobre mares que invitan a la conciencia  a atisbar un destino calmo, sereno, sin ruido; un paraiso sin serpientes se abre ante los ojos del quien se deja seducir. Toda una eternidad para contemplar; la muerte, bella, satisfactoria, consentidora, de a poco va alertando sobre la estupidez que envuelven los actos del vivir. Paraiso y muerte danzan sobre una estela de luz de luna dispuesta sobre los caudales del pensamiento. La muerte como deseo va llevando de forma hipnótica al amante de la melancolía por corrientes subterráneas, en barcazas, cuyo faro es la ilusión de tanta belleza.

El amante, esclavo, no comprende el estado de sumisión en que ha sido puesto y en cambio, una impotable sensación de grandeza labra los surcos de el ensimismamiento, tornando el desánimo en un fortín veleidoso para aislar a "los otros", para envanecerse con el desprecio del mundo, de toda relación social, de toda animalidad, de toda racionalidad. Se prenden las luces para la soberbia actuación de la soledad, teniendo al delirio como infranqueable guión. Se teje una historia trágica porque sólo en las tragedias hay héroes, y el seducido por la nostalgia quiere ser uno de ellos; quiere sufrir en demasía para perpetuarse en su ficto poder. Y esa perpetuidad sólo sería palpable allende la vida. Empero, la suma importancia  se va desvaneciendo en sus dominios etéreos, con el mismo encanto con que se perfiló al principio. La damisela no ha dejado de poseer; es una traidora que tiene como norma de supervivencia engañar a incautos románticos que ceden ante su posesiva presencia. Al disiparse su silueta, va emergiendo de sus vapores, la imagen del amante mismo. El espejo de Narciso delata con ruin carcajada, como en un infierno de bufones, que la amante es el amado/amante, que la musa estaba travestida, que el melancólico no se enamoró de la sirena sino de sí  mismo, en suma, que la melancolía es el hombre  egoísta: el sujeto egoísta, dirían marxistas y psicoanalistas.

El deseo de inmortalidad es lo que conduce al hombre a la muerte; a un terreno de odas y laureles. El amante de la melancolía demanda una presea social, un reconocimiento de toda la humanidad, por su refinado sacrificio: dejarse poseer por la melancolía. El melancólico es un romántico por excelencia, pero a diferencia de un Werther, no busca morir por su amada, sino porque no encuentra en este mundo tanto amor como para saciarse a sí mismo. La bella melancolía no es otra cosa que erótica alucinación; la muerte plácida tan sólo es un disfraz. La melancolía pues, es un espejo velado, una visión velada de la propia imagen del enamorado.Pero una cosa es un espejo y otra es un espejismo; la melancolía se convierte en la espada falaz del héroe. La melancolía es un exquisito trago, pero una vez apurado, puede devorar el alma del consumidor enamorado;la traición puede consumarse......

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