jueves, 23 de abril de 2009

Los antidepresivos pueden dañar la fertilidad masculina

Fuente: www.europapress.com

LONDRES, 25 Sep. (OTR/PRESS) -

Los medicamentos que consumen numerosos hombres para combatir un estado de depresión pueden traerles graves problemas en el futuro a la hora de ser padres, según un estudio elaborado por científicos estadounidenses, del que se desprende que estos tratamientos son dañinos para el esperma. Aunque todavía no se conoce el alcance real de este estudio, ya que se trata de un informe provisional, los expertos en salud mental recomiendan defienden el tratamiento de la depresión a través de terapias de grupo o de ejercicio, para evitar estos medicamentos que, señalan, tienen también otro tipo de riesgos.

Según el estudio publicado en la revista 'New Sciencist', los resultados se deben principalmente a la paroxetina, uno de los antidepresivos más comunes, aunque uno de los efectos que produce es hacer más lentos a los espermatozoides en su camino a través del sistema reproductivo masculino. Esto se aprovecha para tratar la eyaculación precoz, pero es dañino para el esperma. Así se demostró durante el estudio que se realizó sobre 35 voluntarios sanos que proporcionaron muestras antes, durante y después del tratamiento con paroxetine, una sustancia que estuvieron consumiendo durante cuatro semana. En un principio, destacan los expertos a la publicación, en declaraciones recogidas por otr/press, no se apreció demasiadas diferencias entre el antes y el después, en cuanto "a la forma y al movimiento del esperma".

Sin embargo, las pruebas sobre "la fragmentación de ADN" produjeron un resultado diferente ya que en las muestras se pudieron detectar bastantes espermatozoides con problemas de ADN, en concreto un 30,3 por ciento del esperma de cada uno de los encuestados. Ante estos resultados, los científicos se preguntan ahora si este cambio en la 'salud' del esperma sería tan grave como para afectar la fertilidad total, o si el 70 por ciento restante de esperma natural sería bastante para producir un embarazo viable. En este sentido destacaron que en parejas que sufren este tipo de problemas, los estudios han señalado que las parejas donde el esperma del hombre tiene niveles más bajos de producción de espermatozoides sanos es más difícil que alguno de ellos se fecunde de manera satisfactoria en la matriz.

El Doctor Allan Pacey, profesor de la Universidad de Sheffield, y participante en este estudio, explicó que tras este descubrimiento es necesario que "se lleven a cabo más investigaciones para ayudar a científicos a evaluar el riesgo" real que puede suponer el consumo de los antidepresivos. Así destacó que el aumento del daño con la paroxetine es evidente y alarmante, "aunque el nivel en el que pensamos que el daño se hace clínicamente significativo todavía es causa de polémica entre muchos científicos", de ahí la necesidad de continuar con estudios de este tipo. "Hay que llegar más lejos", comentó Pacey.

EL FABRICANTE NO ESTÁ PREOCUPADO

A raiz de este estudio, el fabricante del medicamento, 'GlaxoSmithKline', precisó que su intención es repasar los contenidos de este documento, aunque señaló que los pacientes deben estar tranquilos ya que, a su juicio, "los clientes no pueden estar preocupándose porque esto es un estudio preliminar con un pequeño grupo de la muestra", informó la BBC. Aún así destacó que los que estén preocupados pueden consultar al médico para que les recete otro tipo de medicamentos.

"Los antidepresivos pueden ser una cuerda salvavidas para muchas personas, y el riesgo de recaída debe ser tenido en cuenta en el equilibrio de los riesgos y las ventajas de estas medicinas", señaló por su parte el Doctor Andrew McCulloch, de la Fundación de Salud mental quien destacó que "la mayor parte de medicaciones llevan algún nivel de riesgo, y los antidepresivos no son diferentes", pues, a su juicio se trata de una droga poderosa, de manera que, para él, no ha ido una sorpresa este descubrimiento y el impacto que estas pastillas pueden tener para el cuerpo. Como solución, el doctor propuso "más inversiones en otros tratamientos de salud mental como terapias de grupo y o de ejercicios", a su juicio, igual de beneficiosas para la mente y menos dañinas para la salud.

martes, 21 de abril de 2009

Los Males del Alma

Nuevamente reproducimos un post de "el Diván" por su actualidad y humanismo:

Data: 03 de julio de 2007

Los males del alma

El Dr. Antonio Las Heras le envió al grupo de Jungianos de la Argentina la siguiente nota de prensa que escribió Daniela Pasik para el periódico "Perfil".

Mas datos, más para añadir a la ya larga crónica que se está escribiendo sobre los laboratorios farmacéuticos y los medicamentos.

El malestar, en sus diversas modalidades toma "cuerpo", y genera nuevas demandas y nuevos remedios.

Cada época tiene su droga preferida y parece ser que ésta tambien la tiene.

EL RIVOTRIL ES LA DROGA DE LA DÉCADA. EL PLANETA CASI ENTERO ESTÁ BAJO EL EFECTO DEL CLONAZEPÁN

EN LOS AÑOS 60 SE NORMALIZABA EL CONSUMO DE VALIUM, EN LOS 80 DE LEXOTANIL, EN LOS 90 DE PROZAC Y, ACTUALMENTE, EL PLANETA CASI ENTERO ESTÁ BAJO EL EFECTO DEL CLONAZEPÁN, GENÉRICO PARA EL FAMOSO RIVOTRIL, INDICADO EN DIVERSOS TRASTORNOS DE ANSIEDAD, SÍNDROMES FÓBICOS Y ATAQUES DE PÁNICO.

Aldous Huxley anticipó en Un mundo feliz, novela escrita en 1932, la búsqueda actual de la felicidad a través de psicofármacos. En un supuesto Londres del siglo XXVI, las personas toman somma, un antidepresivo que las hace sentir bien, pero las vuelve dóciles y obedientes. ¿Suena familiar?

“El clonazepán es de los más vendidos. Para el médico es una prescripción fácil, económica y cómoda porque tiene amplio espectro: además de ansiolítico, combinado con otras drogas es anticonvulsionante. Hay en gotas para niños, se les recomienda a ancianos y sus consumidores son de todo tipo. Es casi imposible precisar edades, clases sociales o tipo de enfermedades”, dice el farmacéutico Walter Aquino. ¿Habrá detrás algún plan macabro?

Según datos del Instituto Nacional de Estadística y Censos (INDEC), la facturación correspondiente a la venta de ansiolíticos casi se duplicó en los últimos seis años. Si se sacan cuentas, es fácil asociar el estallido económico y social de 2001 con esta tendencia.

Dime con quién andas. Después de la Segunda Guerra Mundial, Estados Unidos y la antigua Unión Soviética comenzaron sus carreras nucleares y el mundo entró en la tensa calma de la Guerra Fría. Hacia fines de los años 50, los laboratorios Hoffmann-La Roche encontraron un remedio para tanta presión y en 1960 el mercado farmacéutico recibió al diazepán, genérico del Valium, un sedante que alivia ansiedad, espasmos musculares, crisis convulsivas y hasta controla la agitación por abstinencia de alcohol. Relajada, la humanidad vio pasar la década.

El final de la guerra en Vietnam, la muerte de Franco en España, la descolonización de Bahamas, Mozambique y Cabo Verde, la liberación sexual, el feminismo, el hippismo y la revolución cultural en cine, música y literatura poblaron los 70.

No alcanzaron los golpes de estado en Latinoamérica ni los resabios del Valium para tapar el ansia de experimentación que los más jóvenes canalizaron con LSD y marihuana, entre otras sustancias ilegales. “El mundo hizo plop y entonces nadie podía entender... qué era esa furia” (Serú Girán, Mientras miro las nuevas olas).

En la década del 80 la amenaza nuclear se hizo más patente, se intensificó el terrorismo internacional y el hambre arrasó Africa.

Como nunca antes se evidenció la diferencia entre el Primer y Tercer Mundo, apareció el sida y los videojuegos llevaron modelos de vida hasta lejanos rincones del planeta: un buen paño frío a tanta violencia directa fue el bromazepán, un ansiolítico puro comercializado con el nombre de Lexotanil. (Lexatin)

Los 90 se hicieron notar con la caída del Muro de Berlín y la desintegración de la Unión Soviética. La globalización ya no tenía trabas y, bajo el gobierno de Bill Clinton, Estados Unidos desarrolló un crecimiento económico sin precedentes y América latina se alineó disciplinadamente.

La desidia globalizada se puso en evidencia con fenómenos como el grunge, en el rock, comandado por Kurt Cobain, el cantante de Nirvana, que se quitó la vida agobiado por el éxito. El mal trago se pasó con Prozac, nombre comercial de la droga llamada fluoxetine y, por ese tiempo, el antidepresivo más consumido del mundo.

Por Daniela Pasik
Fuente: diario "Perfil"
Más información: www.perfil.com


Dr. Antonio LAS HERAS
www.antoniolasheras.com.ar
www.escritoresarg.com.ar
Telefax: 4371 4788

domingo, 19 de abril de 2009

Alteraciones

Yo también me he quemado en el infierno de la depresión, y lo digo: no es cualquier cosa, tampoco es un capricho o simple arrebato como dicen muchos. Yo también he vivido el aislamiento, la soledad y el abandono que degrada y arruina la vida…pero más que víctima de los síntomas de la depresión he sido víctima de las causas, y la causante no es la serotonina ni ” algún tornillo suelto”; es evidente que un estado anímico altera el funcionamiento bio-químico del cerebro, pero ello considerado aisladamente no es el causante.

El GRITO- OSWALDO GUAYASAMÍN

Además cotidianamente el cerebro está “alterándose”, cuando uno se enamora, se altera; cuando uno siente miedo; se altera; cuando uno experimenta una emoción fuerte, se altera…es decir, la alteración es una constante no una disfunción per se. las verdaderas causas hay que ubicarlas en una sociedad y en unos grupos sociales ( familia, escuela, etc) minados por el egoísmo, la descomposición, la competitividad, en fin: la miseria humana y su culto al dinero y al poder.

miércoles, 15 de abril de 2009

Sobre prácticas depresivas y represivas en el Opus Dei

He aquí uno de tantos testimonios sobre el control total de la mente ejercido por el Opus Dei en sus miembros.

Artículo hallado en la página Opuslibros

PSIQUIATRAS PARA PERSEVERAR

Enviado por MINERVA, el 26 de junio de 2005

Reiteradamente se trata en esta Web, y en distintos medios de comunicación, sobre el problema de las enfermedades mentales de los miembros de la Obra y sobre los psiquiatras del Opus Dei que los atienden. De los veintitrés años que estuve en la Prelatura, los trece últimos los pasé enferma de depresión. Para ahorrarme el dolor de su recuerdo preferiría no hablar sobre este tema, ni rememorar la época y circunstancias en las que se desarrolló mi enfermedad, mas considero que debo vencer mi rechazo y escribirlo porque puede ayudar a alguien que ahora esté pasando por algo parecido a lo mío. De todo lo que voy a hablar a continuación tengo nombres y demás datos que lo corroboran, pero prefiero no citar ni a las personas ni los lugares que las pondrían evidencia porque quiero que el árbol no tape al bosque: que se le achaquen a esos sujetos, a título individual, algo que puede ser frecuente en la Obra.

Me hice agregada del Opus Dei a los 19 en un centro de chicas jóvenes en donde permanecí los primeros diez años...



Durante esa época fui una muchacha vital, alegre, llena de entusiasmo, con la risa pegada a la cara... y lo fomentaba el ambiente de juventud de aquel centro que continuamente me mantenía ocupada. Aunque no todo el monte fue orégano y pasé por temporadas en las que pensaba que aquello no era lo mío; por ejemplo, cada 19 de marzo, en el que tenía que renovar un año más en la Obra, yo me resistía e iba precedido de un tremendo darme la lata para que lo hiciera, pero a pesar de todo guardo gratos recuerdos de aquel entonces en donde, por lo menos, no sentí nada de soledad.

El tiempo pasó, las directoras debieron especular que a mis 29 años ya era hora de trasladarme a un centro de mayores y lo hicieron de la noche a la mañana. Para mí fue como entrar en otra dimensión. La casa nueva está situada en una zona noble de Madrid, de techos altos, oscura, sin un ápice de la algarabía del lugar que acababa de dejar y las numerarias que lo habitaban y las agregadas... Bueno, para que os hagáis una idea de la edad y circunstancias de esas mujeres os relato el comentario que le hice a la directora cuando terminó de enseñármelo, le dije: “Oye, y de entre todas las de este centro ¿hay alguna que sea joven o que no esté enferma?”.

Y aquel cambio de centro fue mi encuentro con la soledad de la Obra y su indiferencia hacia mí. Antes llenaba los fines de semanas con excursiones u otros planes apostólicos, ahora, con mis amigas y compañeras casadas y atendiendo a sus familias, me tenía que conformar con estar sola en la casa de mis padres y, como mucho, yendo a dar un paseo con mi madre o a merendar con una vecina. Durante el resto de la semana todo el contacto con mi “familia” de la Obra consistía en ir una tarde al centro en donde, sin pausa alguna, asistía al circulo semanal, hacía la charla (dirección espiritual), el movimiento económico (en donde se le entrega a la secretaria el sueldo mensual y sacas lo necesario para tus gastos) y me confesaba.

Para llenar el vacío que sentía me volqué en el trabajo, al que aumenté tanto el tiempo como la intensidad de mi dedicación.

En algo menos de un año ya era otra persona: seria, circunspecta, mordaz en los comentarios y sobre todo una mujer muy triste. Las directoras me debieron ver mal y acortaron la fecha de mi revisión médica anual (todos los de la Obra han de pasarla cada año con un facultativo del Opus Dei) y en un principio fui tratada por él con ansiolíticos para mandarme a los pocos meses a una psiquiatra que es supernumeraria, quien me diagnóstico depresión bipolar. En los trece años que fui su paciente ha empleado conmigo todo el arsenal farmacológico posible. Entre otros efectos, sus tratamientos me han provocado un hipotiroidismo permanente causado por el litio (del que me he de medicar de por vida); alucinaciones que comenzaron con una nueva medicación y cesaron al quitarla, mareos; dormir durante largos periodos de tiempo, que en una ocasión llegó a tres días seguidos; permanecer ingresada un mes en una clínica psiquiátrica y un largo etcétera que el lector puede imaginar.

Desde el comienzo de esa tristeza y pérdida de ganas de vivir me fue asaltando la idea de que mis males se podrían solucionar dejando la Obra, pero varios condicionantes me imposibilitaron hacerlo:

1 – La absoluta confianza que tenía depositada en las directoras, quienes me afirmaban que lo mío era seguir en el Opus Dei, que fuera de él sería una desdichada, que tenía que dejar de pensar en mí y ofrecer con alegría mi enfermedad (es del todo imposible que un depresivo pueda ofrecer con “alegría” su mal, ya que entonces no sería depresivo), etc.

2 – Porque en la depresión me era muy costoso (casi imposible) tomar decisiones.

3 – Porque me impedían oír otras opiniones (ir a médicos objetivos, no ligados a la Obra) o valorarlas cuando me las daban (por ejemplo, mis padres, con quienes vivía, me dejaban caer que fuera de la Obra estaría mejor), ya que entonces las directoras me contaban que esos consejos eran humanos, no sobrenaturales, las tentaciones de las que el Demonio se vale al usar a nuestras familias como obstáculo en nuestra vocación.

Poco a poco, se me fue haciendo imposible seguir el plan de vida de la Obra: me dormía en la oración, por mi trabajo no podía ir a misa por la tarde y por la mañana no había quien me pudiera sacar de la cama media hora antes de lo necesario, y así ocurrió con el resto de las normas que, por otra parte, cada vez me producía más ansiedad hacerlas, por lo que al cabo de unos años tan sólo iba a misa los domingos y me confesaba semanalmente.

A los veinte años de estar en Obra y a los diez de ser la paciente de esa psiquiatra, su tratamiento continuado hizo sus efectos y, aunque no bien, por lo menos estaba estabilizada: trabajaba doce horas al día, iba el miércoles al centro (tal y como indiqué antes) y el resto del tiempo me lo pasaba durmiendo (los días de diario llegaba a casa, cenaba y me acostaba hasta la mañana siguiente; de viernes por la noche a lunes por la mañana lo empleaba en estar en la cama, salvando el tiempo imprescindible para las necesidades biológicas, ir a misa, y dar un paseo con mi madre). A partir de entonces la idea de dejar la Obra fue creciendo en mí y las directoras siguieron en sus trece de que lo mío era morir en el Opus Dei.

Hago un inciso. Si alguien se encuentra en un estado en el que su corazón le grita que debe dejar la Obra, por experiencia personal puedo decirle que lo primero que debe hacer es considerar que sus directores no son sus amigos sino unos fanáticos del Opus Dei, que permitirán y ayudarán a que se muera dentro hecho jirones antes de dejarle abandonar la Obra. Y lo segundo, y como consecuencia de lo anterior, es que la primera obligación de esa persona ante si misma y ante Dios (porque Él si que te ama, tanto a ti como a tu salud) es la de ocultar a los de la Obra sus pensamientos y pesquisas para dejar el Opus Dei hasta que llegue el momento en el que se tengan los recursos necesarios para poderse ir.

Como antes conté, a los diez años de enfermedad y tres antes de dejar la Obra, me encontraba estabilizada y cada vez con más ganas de marcharme del Opus Dei, lo que les repetía a la directora y al sacerdote asignado, quienes a su vez reiteraban su postura de que me mantuviera dentro. Al cabo de un año de ese tira y afloja (las directoras eran quienes tiraban, a mi me correspondía tan sólo aflojar) me comenta la psiquiatra que me convenía recibir una terapia de electroshock, sin explicarme muy bien el porqué. Vuelvo a repetir que yo me encontraba bastante bien pero, como siempre, me dejé llevar y me aplicaron seis sesiones. Por la mañana de seis días seguidos, antes de trabajar, fui a la clínica en donde me dormían para aplicarme después el electroshock.

Tiempo después leí que el electroshock es una práctica casi en desuso, que se utiliza fundamentalmente para romper circuitos cerebrales viciosos. Por ejemplo, alguien tiene la obsesión de suicidarse y la corriente eléctrica que se aplica con el electroshock rompe las conexiones neuronales que la mantienen, permitiendo así que el paciente olvide esa tendencia. Pues bien, cuando me lo aplicaron, mi única “obsesión” era la de dejar el Opus Dei.

Tras recibir ese tratamiento no encontré mejoría alguna. pero si una consecuencia muy molesta: perdí la memoria de periodos y circunstancias de mi vida que desde entonces tan sólo puedo recuperar, con esfuerzo, si alguien me los recuerda. Y yo me pregunto: ¿Cuánto será lo realmente olvidado que desconozco porque no me lo recuerda nadie? ¿Cuántas cosas habré olvidado con imposibilidad de recuperarlas porque tan sólo las conocía yo?

Si se tiene una muela infectada, los calmantes, antibióticos contra la inflamación, etc., tan sólo son parches para mejorar temporalmente el estado de salud, pero lo único que realmente puede curarlo es hacer desaparecer la caries que produce el mal. De la misma manera, la Obra era la causa que provocaba mi depresión y todos los tratamientos que me aplicaron durante trece años fueron composturas ineficaces para la mejoría definitiva, que tan sólo se produjo cuando estabilicé mi vida fuera del Opus Dei.

Creo que lo que me daba una cierta estabilidad con respecto a la depresión era precisamente el deseo cada vez mayor de irme de la Obra. Pienso que al enfrentarme a la verdadera razón de mi mal y al poner los medios de que disponía para dejarlo fue lo que precisamente me inyectó vitalidad. El caso es que mis ganas de dimitir en la Obra aumentaron durante el año siguiente a la aplicación del electroshock, pero continuaba careciendo de los recursos interiores necesarios para llevarlo a cabo. Según la imagen de futuro que vaticinaban mis directoras era muy dura la vida que me esperaba fuera del Opus Dei: sin familia, con cuarenta y dos años, con una gran enfermedad, con padres muy mayores, sin amistades y, por si fuera poco, jugándome la salvación eterna por decirle a Dios que no en un don tan valiosísimo como es la gracia de la vocación a la Obra.

Pero, ¡hete aquí!, que hace poco más de un año (mayo de 2004), por casualidad descubro esta web. Leo con admiración como no soy la única persona a la que le ocurren estas cosas, sigo a Carmen Charo en su testimonio y cómo tan sólo mejora cuando deja el Opus Dei, me empapo de los correos diarios, de los documentos que figuran en “Tus escritos”... e, ¡ilusa de mí!, lo cuento en la charla de la semana siguiente. Me contestan que debo dejar de acceder a esta web, pero para entonces ya se me “habían abierto lo caminos divinos de la tierra” y sigo entrando en ella; lo cuento de nuevo, me contestan que si continúo leyéndola he de hablar con un sacerdote de la Delegación y, por la cara que puso quien llevaba mi charla, le pregunté si lo que estaba haciendo era algo muy grave y me respondió que sí. Pero ya era imposible pararme, así que ni fui a ver a ese sacerdote ni volví más al centro. Escribí a los orejas expresándoles mi deseo de contactar con alguien que me pudiera ayudar y tuve encuentros con algunos exmiembros. Ya me hallaba con la fuerza necesaria para dejar el Opus Dei. Saqué el propósito de no volver a pisar un centro de la Obra, por lo que quedé una tarde en una cafetería con la agregada que llevaba mi dirección espiritual y le entregué la carta de dimisión al Opus Dei.

Cambié de psiquiatra (por supuesto no del Opus Dei) y después de varias consultas me dio la buena noticia de que no padecía depresión bipolar, sino que mi estado depresivo se debía al ánimo triste normal de cualquier persona, que se desborda hacia la enfermedad cuando se halla sometida a una gran soledad y al intenso estrés de carecer de esperanza para salir de ella, por lo que la desaparición de las circunstancias que lo provocan (en mi caso dejar la Obra) llevaría de nuevo a la salud. Y, en efecto, así ha ocurrido.

A mediados de agosto conocí a quien ahora es mi marido (nos casamos unos meses después), a final de ese mes me llamaron de delegación contándome que el Padre no me daba la dispensa en espera de que me lo pensara mejor y les respondí que como tardaran mucho en dármela corrían el riesgo de que contrajera matrimonio sin estar dispensada, y cinco semanas más tarde, por fin, fui eximida de pertenecer al Opus Dei.

Junto a la Obra también se fue de mi vida la depresión de la que llevo más de un año sin presentar ningún síntoma, a pesar de que el nuevo psiquiatra me ha retirado, poco a poco, gran parte de la medicación (ya que no puedo abandonarla de golpe por el efecto rebote que me provocaría tras haberla estado tomando durante tantos años), siendo su idea la de acabar suprimiéndomela del todo.

Y aquí finaliza mi testimonio, que se corresponde con este presente en el que lo termino.

Minerva

jueves, 2 de abril de 2009

La vida, ¿un trastorno médico?

Fuente: msn
Data: Martes. 31 de marzo de 2009
Enlace: http://salud.latam.msn.com/articulo_bbc.aspx?cp-documentid=18872011

Texto:

La vida, ¿un trastorno médico?
Parece que una enfermedad nueva es inventada cada día para cubrir cada singularidad de la conducta.
Síndrome de las piernas inquietas, desorden de ansiedad social, disfunción sexual femenina, síndrome de culto a las celebridades... Parece que una enfermedad nueva es inventada cada día para cubrir cada potencial singularidad de la conducta humana.
¿Se está volviendo la condición humana un trastorno médico?
Aproximadamente a un 10% de los niños estadounidenses se les administra el medicamento Ritalin para combatir problemas de conducta.
Se considera que el 10% de los niños británicos, por ejemplo, tienen algún trastorno de tipo mental clínicamente reconocible.
En este último país, en 2007, se expidieron 34 millones de recetas médicas de antidepresivos.
El doctor Tim Kendall, director del Centro Nacional de Salud Mental (NCCMH, por sus siglas en inglés) y consejero del gobierno británico, está preocupado por la tendencia a clasificar grandes franjas de la conducta humana como padecimientos.
"Creo que hay un peligro inherente en la clasificación creciente de las personas", opina.
"Si uno observa la 'Biblia' de la Asociación Americana de Psiquiatría, ve que prácticamente cada parte de la conducta humana puede ser clasificada como aberrante de alguna manera", dice.
Kendall ve un peligro en la "tendencia a inventar nuevas categorías, con frecuencia a instancias de compañías farmacéuticas que están inventando nuevos medicamentos".
Males históricos
La historiadora de la Medicina Louise Foxcroft coincide con estas apreciaciones y destaca los "mal definidos padecimientos" como la disfunción sexual femenina y la Escala de la Firmeza de la Erección (EHS, por sus siglas en inglés), esta última promovida por los productores del Viagra y que en su opinión trata de crear "miedo y ansiedad".
Lo cierto es que el fenómeno no es nuevo.
La doctora Foxcroft tiene estantes llenos de viejos textos médicos que documentan padecimientos ya olvidados.
Entre ellos figura la histeria, cuyos síntomas podían incluir desde la masturbación excesiva hasta la adicción desmedida a la lectura de novelas o la tendencia a deambular.
Tratamientos comunes aplicados a las mujeres "histéricas" -porque invariablemente se trata de mujeres- incluían el opio, la remoción del clítoris y hasta el encarcelamiento.
Más tarde, la neurastenia se convirtió en la aflicción mental de moda y de ella padecieron figuras como la escritora George Eliot y el filósofo Immanuel Kant.
A esos esforzados intelectuales se les recomendaron tratamientos más cordiales que incluían retiros para rehabilitar sus mentes agotadas.
Esos males y sus tratamientos eran patrimonio de las clases acomodadas... hasta hace un par de décadas.
Publicidad U.S.A
En 1977, en Estados Unidos se legalizó la publicidad de medicinas de prescripción médica.
Desde entonces, la televisión y las revistas han estado saturadas de comerciales que alaban las bondades de antidepresivos, fármacos que modifican la conducta y tratamientos contra la tensión premenstrual.
La cantidad de recetas médicas de las medicinas más publicitadas creció notablemente.
¿Y en Europa? Al doctor Kendall le preocupan las propuestas de la Comisión Europea que podrían relajar las restricciones a la publicidad de estas medicinas.
No se verán comerciales de Prozac durante las pausas de la telenovela ni Ritalin patrocinará el Gran Hermano, pero las propuestas podrían permitir publicidad en sitios médicos en internet y en algunas revistas.
El doctor Richard Tiner, de la Asociación de la Industria Farmacéutica Británica, dice que los miembros de esta organización se oponen a la publicidad emitida directamente a los consumidores, como se hace en Estados Unidos.
Pero si las propuestas se convierten en ley, como en ese país, podría verse en Europa la aparición de nuevos trastornos médicos y también de nuevos medicamentos para curarlos.
Serán nuevas maneras de "no ser normal".

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