martes, 2 de junio de 2009

"Viejas enfermedades, nuevos remedios"

Nota de Prensa.
"Viejas enfermedades, nuevos remedios"
Fuente: Clarín.com
Data: 03/11/2005

Tres de los diez medicamentos más vendidos en la Argentina son psicofármacos que se usan para tratar enfermedades consideradas “de moda”, como el ataque de pánico o la fobia social. ¿Necesidad o marketing?
Por María Farber. Especial para Clarín.com.
conexiones@claringlobal.com.ar

En 1976, Henry Gadsen, el CEO de Merck (uno de los grandes laboratorios multinacionales) confesó una preocupación y un deseo a la revista Fortune: el mercado de la compañía estaba limitado a gente con alguna enfermedad, su sueño era hacer medicamentos para gente saludable. Entonces Merck estaría en condiciones de vender “a todo el mundo”. El sueño de Gadsen resultó profético, al menos así lo retratan en su libro Ray Moynihan, periodista australiano especializado en medicina, y Alan Cassels, investigador canadiense de política farmacéutica. Selling Sickness (“Vender malestar”), que se publicó a mediados de año y permanece inédito en Argentina, plantea que los laboratorios abren un lugar en el mercado para sus productos redefiniendo problemas como enfermedades.


“Hay una nueva forma de pensar la salud como bienestar, a partir de esto se consideran los problemas de la gente como problemas médicos, que se solucionan con un medicamento. La vejez, el aburrimiento, la resaca, las bolsas debajo de los ojos, la celulitis, la calvicie, problemas sexuales no orgánicos, la angustia. Todos son considerados condiciones ‘médicas’ y, por lo tanto, tratables con medicamentos”, explica Claudia Pérez Leiros, investigadora del CONICET, profesora de farmacología de la UBA y editora de la revista Química Viva. En esto concuerda Rubén Roa, médico de familia, coordinador del grupo de tecnologías sanitarias de la Superintendencia de Servicios de Salud y director del Instituto Argentino de Atención Farmacéutica (IADAF): “Esta es la diferencia entre medicar, que es un acto médico, y medicalizar, que significa intentar solucionar desde la medicina un aspecto que está en otra categoría, que es social, o psicosocial”.

Estas no-enfermedades también redefinen viejas condiciones médicas como el colesterol. Dice Roa: “En 2001 el comité de expertos del National Cholesterol Education Program decidió cambiar los parámetros del colesterol, y los llevó de 240 a 190. Para bajar a estos niveles de colesterol evidentemente hay que aumentar las dosis de medicamentos. En realidad fue la preparación para la salida de nuevos medicamentos para el colesterol y en el mundo son los que más se venden. En el documento donde se asienta esta decisión no explicaron por qué bajaron de 240 a 190. Fue un escándalo”. En su libro, Moynihan y Cassels apuntaron que ocho de los nueve expertos que diseñaron la “2004 Federal Guideline on High Cholesterol”, que elevó sustancialmente el número de personas con colesterol alto, tienen lazos financieros con los fabricantes de esas drogas. De este modo, señalaron los autores, se prescriben medicamentos para bajar el colesterol que tienen efectos secundarios (como cualquier otro), cuando mucha gente en lugar de tomarlos podría disminuir su riesgo cardíaco mediante ejercicios y una dieta sana.

En el horizonte también se agregan algunas nuevas enfermedades consideradas por algunos como “de moda”, como el ataque de pánico (hasta hace poco sólo conocida como una crisis de angustia o ansiedad), la fobia social o el Síndrome de Déficit de Atención (ADD) en los chicos, que se trata con metilfenidato, el famoso Ritalin. Todas ellas figuran en el DSM-IV, el manual de psiquiatría que determina los criterios diagnósticos para los trastornos mentales. “Es muy difícil no sufrir alguna de los síntomas que figuran en el DSM-IV. Yo tengo algo de eso día por medio”, ironiza Roa. “La fobia social, conocida desde siempre como timidez, también tiene sus propios medicamentos. En cuanto al ADD, yo me preocuparía si un chico no es inquieto porque, en definitiva, no han podido demostrar que esto tenga una base científica real. El metilfenidato es un derivado de la anfetamina. Y le están diciendo a un chico que su vida se puede arreglar con medicamentos.”

Para Mariana Davidovich, psicoanalista y docente de la asociación civil Centro Dos, “estos nuevos nombres categorizan el sufrimiento y no dejan lugar para buscar y analizar lo que está en juego en cada sujeto. Y después de la categoría viene la medicación, porque se supone que todo tiene un sustrato orgánico. Muchos pacientes buscan un análisis después de haber recorrido varios consultorios. Las pastillas no les sirven. Hay un intento de aliviar el sufrimiento urgente que es legítimo por parte del paciente, pero la pastilla al final fracasa, y el síntoma vuelve a aparecer”. Entretanto, una vez bautizada la enfermedad, la mercadotecnia hace lo suyo: según publicó Moynihan en la revista Pharmaceutical Marketing, “ la fobia social fue reconocida en Estados Unidos, así que los líderes de opinión europeos fueron movilizados a participar en actividades de asesoramiento, reuniones, publicaciones, etcétera, para ayudar a influir en el Viejo Continente”.


Efectos adversos
En la Argentina entre las causas de muerte que se reportan al Ministerio de Salud, la provocada por medicamentos no existe como categoría. “En Estados Unidos se mueren 100 mil personas por año por mal uso y abuso de remedios. En nuestro país este cálculo no está documentado, pero una extrapolación más que razonable diría que no son menos de mil las muertes producto de los problemas relacionados con medicamentos. Se sabe que el 5 por ciento de las internaciones tienen esta causa y que por cada peso en salud se gasta otro para corregir problemas de medicamentos”, dice Marcelo Peretta, vicepresidente del Colegio Oficial de Farmacéuticos y Bioquímicos de Capital Federal.

No solamente hay nuevas maneras de nombrar enfermedades, el mal uso de fármacos también fundó sus propias categorías. En Estados Unidos en los ‘90 bautizaron las “lifestyle drugs” (medicamentos para el estilo de vida) que juntan adeptos. La investigadora Pérez Leiros dice que entre los adolescentes es más cómodo y seguro capturar lo que haya en el botiquín de casa antes que buscar afuera. También están las pastillas “off label” que son las que se aprobaron con un uso determinado, pero luego encuentran nuevas aplicaciones y nuevos usuarios. “El Rivotril tiene originalmente dos indicaciones: para la epilepsia y el ataque de pánico. No está aprobado como tranquilizante, pero los médicos igual lo dan”, dice Roa. Y señala que tal como sucede en otros ámbitos de consumo, las preferencias cambian. “Antes se daba Lexotanil, ahora Rivotril. No hay nada que fundamente el cambio. Son modas.”

La afición por los psicofármacos va en aumento. “La venta de antidepresivos aumentó más del 50 por ciento en los últimos tres años y en los últimos 15, un 150”, dice Roa. Según un informe de la consultora internacional IMS (ver infografía) tres de los diez medicamentos más vendidos son psicofármacos y, por lo tanto, no son de venta libre. Eso quiere decir que se recetan más o que se consiguen sin receta. “Hay sobreprescripción y sobredispensación”, dice Peretta, y explica: “Antes tolerábamos más los síntomas, hoy decidimos medicarnos porque estamos nerviosos. El insomnio por estar pasado de rosca se soluciona bajando los decibeles, no con pastillas. El chico hace lío, le damos una pastilla. No tenemos paciencia y, por lo tanto, cada vez hay más chicos sobreempastillados que después andan como zombis. Estos productos, que son buenos y necesarios se convierten en armas de doble filo. Hoy son armas potentes que generan nuevas enfermedades”.

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